¿CUANDO DEBERÍA UNO EMPEZAR A CONTEMPLAR A DIOS?
HABÍA UNA vez una ama de casa que solía cantar el nombre de Dios usando un japamala (rosario) cuando encontraba tiempo en sus tareas domésticas del día. Realizaba todas sus acciones con fe en el Señor. Viéndola tan dispuesta en la adoración de Dios, su marido comentaba: “¿Por qué toda esta necedad? ¿Cómo puedes cumplir con tus obligaciones, mientras cantas el nombre del Señor todo el tiempo? Una vez que estemos libres de nuestras responsabilidades terrenales, cuando estemos jubilados, entonces sí que podremos dedicarnos a la contemplación”. Pero su mujer no estuvo de acuerdo. Y le habló del siguiente modo: “Uno tiene la oportunidad de llevar a cabo prácticas espirituales mientras su cuerpo sea fuerte y saludable en la juventud. Así pues, hay que esforzarse para ganar la gracia de Dios desde ahora mismo. Cuando se es mayor, el cuerpo se vuelve decrépito y la mente más instable; de modo que no es posible la contemplación. Así pues, deberías empezar a rezar y a adorar a Dios desde hoy mismo”.
Un día, la mujer encontró a su esposo de buen humor, así que le dijo lo siguiente: “¡Querido! No podemos predecir hasta cuando estamos destinados a vivir. No sabemos en qué momento esta burbuja de agua que llamamos el cuerpo explotará. Por lo tanto, no hay ninguna sabiduría en el hecho de posponer la adoración de Dios hasta la jubilación. Deberías cantar cualquiera de Sus nombres, como Rama, Krishna, Govinda u otro en cuanto tengas tiempo”. Pero el marido contestó: “’¡Oh mujer estúpida! ¿Como vamos a mantener la familia si no dejamos de contemplar a Dios? ¿Cómo llenaremos nuestra barriga? ¿Quién nos dará la comida? ¿Alguien va a querer hablar con nosotros si no tenemos riqueza y propiedades? Uno debe hacer esfuerzos para adquirir todo cuanto es necesario para la vida. Si lo único que haces es sentarte y cantar el nombre del Señor, entonces ¿Pondrá Él comestibles en tus manos?”
Pero estos argumentos no pudieron acallar a la esposa, que tenía una fe plena en Dios. Ella dijo: “Aquel que pone la semilla de una planta, ¿No la regará después con el agua necesaria? ¿No va Dios a darnos comida cuando fue Él quien nos creó? No es correcto que pasemos todo nuestro tiempo en cuestiones relacionadas con la comida. Debemos esforzarnos para alcanzar Su gracia”. Finalmente, estas palabras de sabiduría de la mujer convencieron a su marido. Aunque él siguió persistiendo en sus planteamientos: “Lo que dices es cierto. No digo que no, pero ¿Tú ves cuantas responsabilidades tenemos? Hay que proveer una educación para nuestros hijos, preparar sus matrimonios y establecerlos en la vida. También tendríamos que poder dejarles alguna propiedad y riqueza. Después de haber hecho todo esto, con seguridad empezaré a adorar a Dios. No vayas a pensar que no tengo devoción por Él. La tengo. Después de cumplir con cada una de mis obligaciones y de obtener la jubilación de mi empleo, pasaré todo mi tiempo en el servicio a Dios. No te preocupes por mí sobre este tema”.
Al cabo de unos días, el esposo cayó enfermo repentinamente. Tanto él como su esposa siguieron al pie de la letra las indicaciones del doctor para curar la enfermedad. Entonces la mujer le dijo a su marido: “Querido, por lo menos en estas circunstancias deberías cantar el nombre del Señor. No hay mejor medicamento que éste. Una vez hayas tomado la medicina del nombre del Señor, tómate la que te recetó el doctor. Entonces la enfermedad bajará y pronto te pondrás mejor”. Pero el esposo tenía más fe en los médicos, de modo que insistió para que ella contactara a varios doctores de renombre.
Un doctor examinó al hombre y le dio un frasco de medicina a la mujer con las instrucciones de que su marido debía ingerir una dosis de 85 mililitros del medicamento tres veces al día. El esposo también vio cómo el doctor ponía el frasco en las manos de la mujer. Entonces ella lo depositó en un armario y no le dio al marido las dosis requeridas de mañana, mediodía y noche tal y como las recetó el doctor. Dos días pasaron así y al tercero en que ella no le dio la medicina, el esposo estalló en cólera y le dijo: “¿Qué es lo que pretendes? ¿La medicina que me recetó el medico es para tomarla o para esconderla? ¿Cómo me voy a curar así?”
Encontrando un momento oportuno, la esposa le dijo lo siguiente: “Las cosas no van así. He guardado la medicina para que te la puedas tomar toda de una vez cuando tengas tiempo. ¿Por qué ahora?” El esposo contestó: “¿Qué? ¿Cómo va a uno curarse de una enfermedad si no se toma la medicina cuando la necesita? ¿Para qué va a servir el tomársela después?” La mujer dijo: “Bien, es cierto lo que dices. Estamos afligidos por Bhavaroga (la enfermedad de lo mundano) desde nuestro nacimiento. Así que deberíamos tomar la medicina del nombre de Dios para curarnos de dicha enfermedad. De nada servirá si se toma la medicina cuando la enfermedad se ha agravado y el fin está cerca. Uno debería tomarla cuando está aquejado de algún sufrimiento. De igual forma, la medicina de la contemplación de Dios es necesaria para curar la enfermedad de Bhavaroga”. Esto abrió los ojos del hombre, que empezó a contemplar a Dios desde ese mismo instante. Repitiendo el nombre de Dios con un corazón lleno de una intensa devoción, muy pronto el esposo se curó y pudo recuperarse del todo.
Así que, no esperen a ser mayores para contemplar a Dios; comiencen pronto esta práctica.
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